“Cuando me he dado cuenta de
la realidad. En ningún momento he querido hacerte daño, pero siempre supe que
este día llegaría… Aun así, ha llegado más pronto de lo que pensaba… Lo
siento…”
Me quedo sentada en el borde de la casita, asimilando el mensaje. Esto sí
que es un adiós… No podemos hacerle nada… Su vida está en Madrid y yo no soy
nadie para estropearle lo que tiene… Quizá vuelve a televisión… Quizá con Flo,
con Anna, con todos… Ojalá… Resoplo. Quizá nunca hubiese tenido que dejar que
esto pasara… Quizá nuestro destino no era estar juntos, sino seguir con la
relación fan-ídolo. ¿En qué momento se me giró la cabeza y decidí “acosarle”?
Todavía con la mente inmersa en mis pensamientos, bajo las escaleras y camino
despacio hacia mi casa. Él se va en un par de días y yo tengo que quedarme aquí
con la familia… Y cuando vuelva a casa… Los kilómetros serán nuestro
impedimento…
Llego a casa y me encuentro a Júlia preocupada. Al verme entrar por la
puerta viene corriendo y salta a mi cuello, abrazándome.
- ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estabas? ¿Estás bien? – dice alborotada.
- Tranquila, tranquila… Estoy bien… Raúl casi mata a Juan, pero yo estoy
bien…
- Se lo merecía… Bendito hijo de puta… ¿Cómo ha tenido la cara de
presentarse aquí?
- Eso ahora no importa… – susurro agachando la cabeza. Júlia me la levanta
suavemente y me mira intrigada – Raúl se va – abre los ojos como platos y se
tapa la boca – Y no puedo hacer nada por nosotros…
- Oh… Lo… Lo siento… Yo… – No sabe qué decir y me abraza, sabe que lo
necesito y que es lo mejor que podía hacer en estos momentos. Intento contener
las lágrimas pero no puedo, así que me aprieto fuerte contra su cuerpo y me
dejo llevar. Lo de Raúl me duele más de lo que podía haber imaginado…
Al cabo de una hora vienen mis padres a comer, todavía dolidos por lo que
ha pasado. Se sienten culpables de todo lo ocurrido, y la verdad es que un poco
de culpa sí que la tienen… Pero no puedo tirárselo en cara porque fui yo la que
les escondí todo lo que pasó.
Pasamos un día tranquilo, en familia, paseando por el camping, bañándonos,
jugando en las actividades de los animadores, ignorando todo lo ocurrido. Y en
todo este tiempo no veo a Raúl ni a ninguno de sus amigos… A los niños sí,
estaban en la piscina jugando, pero, gracias a Dios, no han venido a hablarme,
quizá ya no se acuerdan de mí… Esto hace
que todavía lo pase mejor, aunque sea de lejos, me hubiese gustado verlo, poder
verle sonreír de nuevo…
Por la noche, después de cenar con mis padres, dónde no han podido evitar
preguntarme todo lo que querían saber y durante el día se lo han callado, me
escapo a la casita de Raúl. No puedo con este remordimiento, con saber que se
va a ir y estamos así. Necesito hablar con él, aclarar las cosas, pedirle perdón
y desearle lo mejor en su nueva etapa.
Al llegar allí, pico la puerta decidida, aunque las piernas me tiemblan. Se
abre la puerta lentamente y aparece uno de sus amigos. Me pongo roja al momento
y sonrío tímidamente.
- ¿Está Raúl? – pregunto. Su expresión de cara me lo dice todo, niega con la
cabeza y levanta los hombros, disculpándose. Me quedo quieta, con la boca
abierta y el corazón roto. ¿Se ha ido? ¿Ya? – Pero… ¿Volverá? – digo en un hilillo de aire.
- No, no, se ha ido ya a Madrid – contesta. Empiezo a hiperventilar, me
pongo la mano en el pecho y el chico me coge por los hombros, asustado. Estoy empezando
a marearme y me pongo la otra mano en la cabeza, disculpándome con el chico,
pero aun así las piernas no me sostienen de pie y me cuesta respirar. – ¡Llamar
a una ambulancia! – grita.
- No, no… – susurro – Estoy bien, es solo que… – intento decir poniéndome de
pie. Me apoyo en su pecho, cogiendo aire fuertemente – Me he mareado, eso es
todo – finjo una sonrisa. El chico me mira totalmente preocupado y no me
suelta. Veo como alguien viene hacia nosotros intrigado, con el móvil en la
mano.
- ¿Qué ha pasado? – pregunta.
- Nada, nada – digo recuperando el aliento – ¿Puedes… Acompañarme a casa? –
susurro al que me tiene cogida.
- ¿Seguro? ¿No prefieres ir al médico? – dice apretándome fuerte por los
hombros.
- No, no, estoy acostumbrada a esto – miento – Dormiré un rato y se me
pasará. – vuelvo a sonreírle. No se le ve muy convencido, pero me hace caso. Me
coge por la cintura y me apoyo a él, dirigiéndome hacia casa. Paso a paso voy
recuperando la tranquilidad, el aire y se me quita el tembleque, voy
recuperándome poco a poco. Al llegar a casa, el chico me deja delante de las escaleras.
– Gracias – le digo con una gran sonrisa.
- De nada… – dice todavía asustado – ¿Estás mejor?
- Sí, sí, el paseíto me ha venido bien. – sonrío – Muchas gracias, de
verdad. – Asiente con la cabeza, sonríe y se da la vuelta para irse, pero antes
vuelve a girarse hacia mí.
- Perdona pero… ¿Quién eres?
- Nadie – digo notando como el corazón me da un pinchazo – No tiene
importancia. No le digas a Raúl que esto ha pasado, ¿vale? – se queda todavía
más atónito después de esto, y parece que quiere volver a preguntarme, pero me
escabullo y entro rápidamente. Subo a la habitación y está Júlia esperándome. Al
ver mi cara, rápidamente abre los brazos y me lanzo a ellos, contándole entre
lágrimas lo ocurrido.
- Tia… Has estado a punto de desmayarte… ¿y lo único que te importa es que
él se ha ido? – dice preocupada – ¿No ves que quizá te pasa algo?
- ¿Qué me va a pasar? – digo quitándole importancia – Habrá sido del
disgusto… Ya me ha pasado alguna vez antes… Cuando suspendía después de
estudiar horas y horas… – ríe y consigue que saque una sonrisa.
- Sí… Ya me acuerdo… Cada vez que sacabas menos de un 7 la liabas parda… –
reímos, pero rápido vuelve la preocupación a su rostro. – Perdona que sea
indiscreta pero… ¿Cuánto hace que… En fin… Que… Que os… “veis”? – dice sonrojándose.
- Sé por dónde vas, y es imposible, porque de todo esto solo hace dos
semanas… Y siempre ha sido con precaución. – ahora soy yo la que se sonroja. De
repente, el móvil empieza a sonar. Las dos pegamos un bote de la cama, y
intrigada lo cojo. – ¿Si?
- ¡Marta! – dice una voz alborotada – Marta, ¿cómo estás? ¿Qué te ha pasado?
- ¿Raúl? – digo sin poder creerlo – ¿Desde qué número me llamas?
- Eso no importa ahora, dime, ¿Cómo estás?
- Eso tampoco importa ya – digo absolutamente borde y dolida.
- Sí, sí que me importa, has estado a punto de desmayarte encima de Miguel. –
Ah, ya sé cómo se llama para la próxima vez…
- Del disgusto que me ha dado al decirme que te has ido a Madrid sin
despedirte de mí. – digo contundente.
- Porque no me gustan las despedidas, y después de lo de esta mañana… No
podía soportar volver a verte llorar y volver a sufrir por no poder hacer nada…
- Bueno, pues si no te gustan las despedidas, no gastes tiempo ahora. Estoy
bien, gracias. – y cuelgo. Júlia me mira atónita.
- ¿Pero no tenías su número de teléfono?
- Sí, pero me ha llamado desde un privado… Lo que no sé es por qué. – el
móvil vuelve a sonar, y vuelve a ser él. – ¿Qué? – digo con el mismo tono de
voz que antes.
- No me cuelgues, por favor… Déjame aclararlo todo… – me quedo en silencio y
Júlia me aprieta la mano que tengo libre para darme fuerzas, y asimila con la
cabeza.
- Te escucho…
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