dilluns, 15 d’octubre del 2012

28. Te he echado de menos.


Se separa de mí y sale de la piscina para estirar las toallas para que se sequen. Se saca la camiseta y se tira de cabeza al agua. Empieza a jugar con los niños y, como siempre, yo en el medio, atacada por los dos bandos, casi sin poder defenderme.

Pasan las horas y los niños deciden volver a casa. Raúl aprovecha para quedarse conmigo y hablamos un rato. No le cuento que mi madre va a venir, prefiero decírselo más adelante. Tampoco hablamos sobre el programa. Hablamos de todo y de nada: le cuento mis travesuras de pequeña en este camping y él me cuenta las suyas, le hablo sobre mis aficiones, sobre mis amigos, mi música favorita… Y él escucha y comenta, o se ríe de mí y me hace rabiar.

Durante el rato que estamos hablando, no nos acercamos mucho. Hay gente alrededor y él prefiere no dar muestras de cariño en público. Por una parte lo respeto y entiendo, es normal que siendo famoso no quiera que le vean con chicas, pero con otra se me hace difícil: eso de tenerle cerca, sonriendo y hablando me tienta.

Llega la hora de comer y cada uno va a su respectiva casa. Él me acompaña a la mía, despidiéndome con uno de esos besos que me dejan muerta y con una sonrisa de oreja a oreja. Por la tarde él se va con los niños y sus amigos a dar una vuelta y yo me quedo en casa pasando el rato, me da pereza ir otra vez a la piscina. Las horas pasan lentamente y yo solo pienso en él: en volverle a ver, a abrazar, a besar, a acariciar… Quiero volver a dormir con él, despertarme con sus besos y sus dulces palabras…

Por fin llega la hora de cenar. Como rápido y me siento en el sofá a escuchar música, mientras espero el momento en el que suene el timbre y aparezca él en la puerta. Los minutos pasan lentos y las canciones se hacen eternas. Pero por fin, después de tanta espera, suenan en la puerta tres toquecitos de nudillos. Salto corriendo del sofá y abro la puerta. Allí está, delante mío, con su sonrisa matadora.

-Te he echado de menos.
-Yo más a ti, tontito.

Sin dejarme decir nada más, me abraza fuertemente por la cintura, levantándome del suelo, mientras me besa y entra hacia el comedor, cerrando la puerta con el pie. Sin apartar sus labios de los míos, susurra “¿Me permite, señorita?” moviendo la cabeza hacia las escaleras. Yo, imitando su comportamiento, le susurro “Por favor”.

Y así, entre besos y risas, subimos hacia la habitación. 

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