dilluns, 16 de juliol del 2012

1. Empezar el verano con buen pie.


Empieza el verano. Como cada verano, decido ir a un camping a disfrutar un mes de la libertad y la tranquilidad del campo. Este año voy sola, ni familiares ni pareja… No quiero que me lo arruinen como el año pasado. Allí podré estar tranquila, hacer amigos y no pensar, relajarme, disfrutar de la naturaleza.

Cojo las maletas, el coche, y me dirijo hacia allí. Me encanta este lugar, es todo tan perfecto, tan verde, tan silencioso… No es un camping con caravanas, es un camping con casitas de madera, tipo campamento de verano. Está todo rodeado de árboles, cerca hay un bosque. También hay una piscina, y se pueden alquilar bicis para ir a dar una vuelta por aquí.

Me dan la casita número 14, como yo lo pedí. Sonará a tontería, pero es mi número preferido, y siempre he pensado que eso me daría suerte o cualquier cosa así. Entro. Es grande, no hay paredes, solamente una habitación donde hay el baño y la ducha, todo lo demás está junto. En un lado hay una pequeña cocina, y en la otra hay sofás, una televisión y una mesa. Las escaleras te llevan a una habitación, igual de grande que todo el comedor de abajo. Me gustaría vivir de verdad aquí, es todo tan bonito…

Dejo las maletas en la habitación, las abro y voy poniendo toda la ropa en el armario. Me fijo en el detalle de que la cama es doble… No creo invitar a nadie a dormir aquí, pero así dormiré más ancha y podré descansar mejor.

En cuanto acabo de ordenarlo todo, salgo. Quiero empezar a disfrutar cuanto antes de todo esto. Doy un paseo por todo el camping, mirando las casitas, intentando ver quién hay dentro de cada una, para saber con qué vecinos conviviré este mes. Veo muchas familias paseando, niños jugando, jóvenes ligando, mayores que descansan en sus sofás… Como siempre.

Me dirijo a la piscina, que está llena de niños jugando. Oír sus risas me hace sonreír, me recuerdan a mí cuando venía aquí de pequeña con mis padres… De repente, me cae la pelota de plástico con la que jugaban en los pies. Antes de que pueda girármela a cogerla oigo que me chillan.

-Ei! ¿Me pasas la pelota, por favor?
-Si si, eso iba a hacer, tranquilo. – digo mientras todavía estoy de espaldas. Me agacho, la cojo, y me giro. Busco con la mirada al chico que me ha chillado, mucha voz de niño no tenía… Y entonces le veo. No puede ser… Es Raúl Gómez

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