La cabaña está construida en las ramas grandes de arriba, a propósito, para
que no se viera a simple vista. Esta aguantada entre dos ramas del mismo árbol
que están bastante juntas. La escalera está un poco alta. No llego solo con las
manos… Raúl me coge de las piernas y me levanta recta, yo estiro las manos todo
cuanto puedo, y consigo cogerme de una barra. Raúl me empuja fuerte de los pies
para que consiga subir un poco más. Cuando ya puedo agarrarme de las branquitas
del árbol, me suelta, pero se queda allí de pie con los brazos abiertos por si
me caigo. Consigo entrar dentro de la casita y al verla, vuelvo a llorar. Me
olvido de que Raúl esta abajo esperándome. Empiezo a registrar cada parte de
esa pequeña casa… Reconozco que antes me parecía más grande…
Todavía había allí la mesa en la que dibujábamos, con las tres sillitas… Ahora
ni siquiera quepo en ellas… También siguen las pintadas en las paredes. No
puedo dejar de llorar al ver todo esto… No me acordaba. Me fijo en que en una
esquina hay una caja de zapatos. No puede ser, nuestra caja de los recuerdos.
Corro hacia ella y la casa cruje un poco. Cojo la caja y me siento en una de
las sillitas. Cuando abro la cajita veo
lo que allí habíamos guardado: un reloj, dos muñecas pequeñas, dibujos… Estaba
tan inmersa en mi mundo que no me había dado cuenta de que Raúl estaba de pie delante
de mí, mirándome, sonriendo. Le miro y le sonrío, con las lágrimas en mi cara.
Pico al suelo indicándole que se siente a mi lado y me hace caso.
No hablamos, simplemente miramos lo que hay dentro. Le voy pasando lo que
voy sacando. Él ríe al ver los dibujos. Los míos están firmados con una huella
de gato dibujada. La mayoría son dibujos de niños, representándome a mí con mi
hermano y primos. También hay alguno de nuestros padres, algún animal y alguno
de paisajes verdes, que dibujábamos desde la “ventana” de esta cabaña. Cuando
acabo de sacar todo lo de dentro, encuentro una foto enganchada al fondo de la caja.
Somos nosotros de pequeños. Sonrío más, si cabe. Él se ríe de mis pintas: iba
con un vestido azul con flores amarillas y unas gafas de sol. Le pico el brazo
y reímos juntos. Le cuento batallitas de nosotros, lo que hacíamos por aquí
cada verano… Él escucha, ríe y comenta. Parece que nos conozcamos de siempre.
Cuando acabamos de comentar las cosas de la caja, lo volvemos a guardar
todo y lo dejo en su sitio. Raúl me dice que me lleve la caja a casa, para
enseñarla a los demás cuando vuelva, pero no quiero. Esto debe quedarse aquí.
De repente, los dos nos damos cuenta del tiempo que llevábamos aquí: más de dos
horas. “Mierda, mierda, estarán preocupados…” suelta. Yo me río y le digo
“¿Quien se va a preocupar por ti, muchacho?” él me da un codazo, riendo, y se
dirige a salir. Entonces, me percato de la situación: estamos los dos encima de
un árbol, sin escalera para bajar, y esto está muy alto como para saltar…
-Oye… ¿Y ahora como bajamos?
-Pues como hemos subido.
-A mí me has subido tú… – Le miro sorprendida, no había parado a pensar en
eso – Pero… ¿Tú como has subido?
-Trepando – Empieza a reír. Me viene a la cabeza de él disfrazado de
“araña” enganchado a las señales de tráfico de Madrid, en las bromas de Otra
Movida.
-Ah… Claro. ¿Y cómo vamos a bajar? – Sonríe.
-¿Confías en mí? – Se queda mirándome, sonriendo. El corazón me late muy
deprisa otra vez.
-S... Sí.
Y entonces se agarra al árbol, fuerte, y empieza a deslizarse hacia el
suelo…
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