Caigo en sus brazos, me tiene cogida por la espalda. Yo tengo los ojos
cerrados con fuerza, aun que caen dos lágrimas al notarme cogida. Abro los
ojos, veo su perfecto rostro a poca distancia de mi cara. Él sigue sonriendo, nunca
pierde esta hermosa sonrisa. Le sonrío también y me abrazo fuerte a él,
cogiéndome alrededor de su cuello. Estoy volando, mis pies todavía no han
tocado el suelo, ni falta que hace, estoy bien así, entre sus brazos.
-¿Ves como podías confiar en mí, tonta?
-Nunca he dejado de confiar en ti, pero el miedo impedía que me soltara. –
digo sin despegarme de él. Ríe y me aprieta un poquito, como muestra de afecto,
supongo.
-Nunca dejes que el miedo actúe por ti.
– Me quedo un poco sorprendida al escuchar eso y sonrío. Le dejo ir,
apoyo mis manos en sus hombros y me echo para atrás. Le miro a los ojos.
-Gracias. – Muevo un poco el culo, inquieta, quiero que me suelte. Lo nota
y me suelta.
-De nada, pequeña. – Me pongo roja al escuchar eso y sonríe.
Seguimos a la misma distancia, pero no aguanto más y me aparto un poco. Me
seco las pocas lágrimas que hay en mi cara y sonrío.
-De verdad, muchas gracias por todo… Por llevarme aquí, por subirme, por
aguantarme allí arriba… Y por bajarme… – se queda mirándome, sonriendo, sin
decir nada. – Bueeeeeeno… Pueees… – digo, intentando romper el silencio. Sonríe,
da dos pasos hacia mí, me coge de las mejillas y me da un beso en la mejilla
derecha, muy cerca del labio.
-De nada, tonta. – Sonríe al verme roja – Me has asustado, ¿sabes? Lo he
pasado muy mal cuando estabas ahí colgada llorando. No me lo vuelvas a hacer
más. – Y me acaricia las mejillas.
-V... Vale… – No puedo tenerle tan cerca. Vuelvo a dejar de sentir mis
piernas, intento dar un paso atrás, pero no puedo. Raúl se da cuenta, y me deja
ir, dando él un paso hacia atrás.
-Vamos, me deben estar buscando.
-S…Si.
Volvemos hacia el prado donde nos habíamos encontrado, yo no hubiese
llegado sola, la verdad, me hubiese perdido. Allí nos encontramos con sus "sobrinos",
que jugaban a la pelota. Al verle, empiezan a chillar y a correr hacia él,
abrazándole y riñéndole por que no sabían dónde estaba. Él se excusa, diciendo
que tenía que "rescatar a una princesa que se había perdido" y, al decirlo, me
sonríe. Yo me sonrojo al escuchar eso y agacho la mirada. Sus amigos, que
también se habían acercado a preguntar qué había pasado, sonríen maliciosos
creyendo quien sabe qué que hubiese pasado entre nosotros. No ha pasado nada,
pero yo he sido, durante unas horas, la mujer más feliz del mundo.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada