Se queda quieto, parece que le ha sorprendido. Empiezo a separarme de él,
pero me abraza también. Se queda cogiéndome por la espalda y me aprieta hacia
él. Oigo como suelta una risita, y eso me hace sonreír. No sé como habrá
interpretado este abrazo, pero estaba deseando hacerlo des de que lo vi ayer.
Lo suelto del cuello y me aparto. Dejo mis manos en su pecho, mientras le miro
a los ojos. Esta sonriendo y está precioso. Sé que estoy roja y que es eso
lo que le hace sonreír. Doy unos pasos hacia atrás, mirando al suelo y
carraspeo.
-Bueno… Te dejo que estoy buscando una cosa… – Digo sin levantar la vista.
-¿Qué cosa? – Pone cara de interesado. Sonrío.
-Una cabaña que construyó mi padre por alguno de estos árboles.
-¿Una cabaña de madera con unas escaleras medio rotas que está en un árbol
por las brancas grandes de arriba gravado con una especie de letras? – Lo miro
con cara de alucinada. Lo ha descrito bastante bien… Hace años que no la veo,
pero estoy segura que es así como dice él.
-¡Sí! ¿La has visto?
-Pues la verdad es que no, no me suena. – Ríe.
-Anda y vete a cagar. – Le empujo por el pecho. Me coge la mano, riendo.
-Anda, ven, que si vas sola te vas a perder. – y empieza a caminar hacia la
dirección contraria a la que estaba yendo yo.
Me lleva cogida de la mano, arrastrándome, casi corriendo. Mientras,
le voy chillando “Eh, Raúl, espera, ¡para un momento, hombre!” pero no me hace
caso. Al contrario, se pone a reír y empieza a correr más, sin soltarme, lo
cual hace que yo también tenga que correr. Y así, como dos tontos, estamos
corriendo y riendo, sin pronunciar palabra, entre arboles y flores, sin dejarme
ver con tranquilidad estos paisajes tan bonitos.
Al fin llegamos al árbol. Casi sin respiración, mientras me sujetaba en las
piernas y suspiraba, lo contemplaba. Mi cabaña, mi casita de madera construida
encima de un árbol, con su escalera de cuerdas que se nos rompió. Ahora
recuerdo por que dejamos de venir… sigue rota, nadie debe haber encontrado este
lugar… Empiezo a llorar, en mi mente brotan los recuerdos de cuando era niña.
Raúl, que se da cuenta, pasa su brazo por mis hombros, haciendo que me apoye en
su pecho. El apoya su cabeza en la mía.
-Es muy bonito. – Me dice.
-S…Si… – Respondo, llorando. El me aprieta más contra él y yo le cojo por
la cintura, mirando todavía mi cabaña.
-¿Quieres que te suba? – me giro. Le miro sorprendida.
-¿Puedes? – Sonríe y con la mano que tiene libre me seca las lágrimas de
las mejillas.
-Claro. Ven.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada