Me aprieta con fuerza
hacia él, besándome, y da unos pasos hacia adelante, ya que estamos demasiado
cerca de la “puerta” y podríamos caer.
Nos besamos con pasión, sin separarnos: él apretándome fuertemente por la
espalda y yo agarrándome en su cuello, tocando sus perfectos rizos, para
comprobar que sí, que es él, que es Raúl Gómez quien me besa.
Entre besos, caricias y suspiros, Raúl acaba empotrándome contra la pared,
cogiéndome de la cintura y acariciándome suavemente la espalda, colando sus
manos por mi camiseta. Empieza a besarme el cuello y entre besos va soltando
mordisquitos suaves. Yo siento que no puedo más, y busco sus labios para
besarlos y estar siempre así, pegados, y lo abrazo con fuerza rodeándole el
cuello. Me separa un poco de la pared y me agarra fuerte por la espalda, y va
bajando hasta agarrarme el trasero y apretarme fuerte hacia él.
Noto como el corazón me da un vuelco y me separo de él, buscando su mirada.
Le cojo por las mejillas y le beso, suavemente, intentando apagar un poco la
pasión. No quiero hacerlo aquí, en mi casita, y menos contra la pared. Con él
quiero que sea especial, bonito, mágico… Me mira extrañado, pero me devuelve un
beso suave.
-Te recuerdo que tengo la cena a medio hacer… Y tengo hambre…
-Es verdad, se me había olvidado… Yo tengo que ir a cenar con los chicos…
Me están esperando, les he dicho que no tardaba nada…
-Les has mentido.
-Sí, pero estoy seguro que ya se lo
esperaban. – Sonríe. Vuelvo a besarle suavemente, y él me acaricia la espalda. –
Vamos… Vamos ahora que si no me quedo aquí contigo toda la noche… – Me sonrojo
y le empujo un poco, para apartarme de la pared. Pero vuelve a pegarme a él y
me besa fugazmente.
Voy hacia la cajita y la cojo. Me coge de la mano y vamos hacia la
“puerta”. Baja él primero y me espera abajo, con los brazos abiertos, cual
príncipe que espera que su princesa baje desde lo alto de la torre. Bajo
haciéndome la lista, rápidamente, sin querer ayuda, y me sale bien. Al llegar
abajo ríe y me da el casco, que se había quedado abajo, para que lo cargue,
pero acaba poniéndoselo él y haciendo tonterías en medio del prado.
Me acompaña a mi casa, y, como cada día, se despide de mí cogiéndome de la
cintura y dándome dos besos en las mejillas. Al ver mi cara de asombro por ese
gesto, ríe, me coge suavemente de la cara y me besa dulcemente.
-Buenas noches, princesa – dice sin soltarme todavía. Me pongo roja, como
no, y le respondo con un beso rápido.
-Buenas noches, mi príncipe. – Sonríe.
-En chico queda más cutre.
-Para mí no.
-Porque tú eres muy así.
-¡Así como, chulo!
-Así de especial. – Y vuelve a besarme, sin dejarme contestar. ¿Qué mejor
manera que callarme con un beso? – Hasta mañana.
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