diumenge, 12 d’agost del 2012

16. ¿A caso no quieres dármelo?


Me encanta que me diga que quiere molestarme. El simple hecho de saber que quiere hacer algo conmigo, aunque sea eso, ya me hace feliz.

-Y bien, ¿Cómo está tu amiga? ¿Te echa de menos?
-¿Te importa mucho esta información?
-Pues no, pero no veo otra manera de empezar una conversación.
-Ah, me parece bien. Pues sí, está bien, en su casa, echándome de menos...
-¿Y quién no echaría de menos a alguien como tú? – sonríe.
-Tú, por ejemplo, cuando te vayas de aquí. – le devuelvo la sonrisa.
-¿Y tú que sabes? Quizás no pare de pensar en ti y te llame a cada minuto… – empieza a acercarse a mí, lentamente, todo lo que el cuerpo sentado le deja.
-¿Cómo vas a llamarme si no tienes mi número? – empiezo a sonrojarme, lo sé, no aguanto esta situación. Siento como su hombro ya toca el mío, y su sonrisa está demasiado cerca de la mía.
-Bueno, eso se puede solucionar, ¿no? – No aguanto tener clavada mi mirada en la suya, y menos con esta sonrisa de lela que tengo ahora y atomacada como estoy, así que agacho la cabeza.
-Em… Bueno, de… Depende. – Ríe. Se da cuenta de que esta situación puede conmigo, pero aún así no para, sigue acercando su rostro hacía mí, y con su mano izquierda me levanta un poco la cabeza, cogiéndome por la barbilla, para hacer que le mire a los ojos.
-¿A caso no quieres dármelo? – se acerca más. Noto su respiración en mi cara y no me puedo mover. Me quedo hipnotizada mirándole la sonrisa, cuando le miro otra vez a los ojos, suelta una carcajadita. Le tengo demasiado cerca… Cierro los ojos, suspiro y…
-Rulo… No…
-¿Qué? – abro los ojos corriendo, sorprendida. Está mirándome con cara de sorprendido y no entiendo qué pasa. Me suelta de la barbilla, se separa un poco de mí y repite – ¿Qué has dicho? – está exaltado, yo simplemente le miro alucinada, no lo entiendo.
-Que… ¿Que he dicho de qué? – digo, todavía sin saber que pasa.
-¿Cómo me has llamado, Marta...? – baja un poco el tono, mirándome con cara seria, pidiéndome una explicación. Y entonces es cuando me doy cuenta, le he llamado Rulo, sin querer, y no tengo ninguna escusa para ello.
-R… Rulo… 

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