Me agarra por los hombros y me hunde. Cuando saco la cabeza para coger
aire, repite el proceso, unas cuantas veces. Yo, enfadada, me intento apartar
de él, empujándolo y mojándole, pero es más fuerte que yo. Intento nadar,
ayudarme con los niños, pero no hay manera. Intento hundirle yo a él,
apretándole la cabeza o pegándole pataditas, pero nada. Él se ríe y, con solo
mover un brazo, me ahoga.
Cuando se cansa de verme sufrir, me deja y vuelve a por los niños, que
jugaban entre ellos a ahogarse o pasarse la pelota. Yo aprovecho para sentarme
al borde de la piscina y así descansar. Contemplo como juega con los pequeños,
como chilla, como sonríe… Es algo increíble, es el típico sueño que tienes un
día y al despertar prefieres no haberlo hecho y vuelves a taparte con las
sábanas esperando a que pase algo más. Pero ahora no estoy soñando. Llevo dos
días con el hombre de mis sueños en el camping de mi infancia…
Viendo que están jugando tranquilos, voy a tumbarme al césped. Me pongo las
gafas de sol y cierro los ojos, recordando lo vivido esta mañana con Raúl. Pero
poco me dura el recuerdo: algún listillo me está mojando la barriga con una
pistola de agua y sé quién es. Me siento y lo miro. Lo tengo de pie delante de
mí, riendo como un niño.
-No me vas a dejar descansar, ¿verdad?
-Ya has descansado bastante, abuela. – vuelve a mojarme. Sonrío, me vienen
a la cabeza Flo, Dani y Anna. Sobretodo Anna… Como les quiero… Pero no puedo
decírselo, no quiero que lo sepa.
-Todavía no, niño. – respondo, haciendo voz de mujer mayor.
-Oh, que madura. – me dice con voz aniñado.
-Habló, el señor más maduro. – ríe.
-Te dejaré un poquito tranquila porque hoy ha sido un día movidito, pero no
te acostumbres. – vuelve al agua.
Vuelvo a tumbarme y me tapo la cara, aguantándome un chillido de fan
alocada. En ese momento suena mi teléfono. Es mi amiga, no lo cojo, se que va a
preguntarme por Raúl y no quiero hablar de él con él a pocos pasos de mi.
Vuelve a llamarme y lo cojo, no vaya a ser que sea algo importante.
-¿Qué pasa? – le digo preocupada.
-No, nada. ¿Cómo te va con tu principito?
-Oh, cállate. ¡Pensaba que te pasaba algo!
-¿Ahora una amiga no puede llamar a su amiga para saber cómo le va con su
futuro marido? – ríe. La madre que la parió.
-De verdad, no sabes cómo te quiero. – reímos. Oigo como alguien carraspea
a mi lado, me giro y veo a Raúl sentado junto a mí. Me sonrojo y me exalto. Me
siento corriendo, tapo el móvil. – ¿Qué
haces? ¿Otra vez espiándome? – ahora es él quien se sonroja.
-No, no. Venía a hablar contigo pero no me había dado cuenta de que estabas
hablando por el móvil, lo siento. – Se levanta, dispuesto a irse.
-¡No! – se gira sorprendido – Quiero
decir… Eh… No te vayas, ahora cuelgo. Es una amiga – remarco esa palabra –
quería saber cómo estaba. Espera. – pico el suelo de mi lado, indicándole que
se siente, como siempre. Me hace caso y se sienta. – Te tengo que dejar,
hablamos esta noche, ¿vale? … Sí, sí, yo también, enga. – Cuelgo. Le miro, está
mirándome, sonriendo. Me sonrojo. – ¿Y bien? ¿Ya te has cansado de jugar con
los niños?
-Sí, querían volver a casa, ya estaban cansados.
-Ah, muy bien… ¿Y te has quedado
aquí para…?
-Molestarte.
-Me gusta. – Sonrío tontamente.
-Lo sé.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada